LO QUE DURA UN CAPÍTULO

La serie le resulta aburrida. Hay algo en el ritmo, o en las actuaciones, que no logra retenerla. Apoya el control remoto en la panza y mira la hora en el teléfono. Pasaron más de cuarenta minutos desde que Gabriel salió. "Cinco minutos", dijo. Puede haberse demorado, sí. Puede haber hecho una fila larga, o encontrado cerrado el kiosco de la avenida y haber tenido que ir hasta otro. Pero algo en el pecho empieza a doler, una presión muda, densa, que nada tiene que ver con el embarazo.

Se levanta con dificultad del sillón. Va hasta la cocina, toma agua. Vuelve a mirar el teléfono. Manda un mensaje:

—¿Dónde estás?

No hay respuesta.

Apenas se sienta, alguien golpea la puerta. Un golpe seco, con pausa, y luego otro más insistente. No sabe por qué, pero antes de abrir ya lo sabe. Un presentimiento oscuro, caliente, como cuando una fiebre se trepa a la cabeza.

Cuando ve a los dos policías del otro lado, todo ocurre como en cámara lenta. Uno habla, pero ella no escucha más allá de tres palabras: Gabriel, incidente, falleció. El resto es ruido blanco, zumbido. Trata de sostenerse del marco de la puerta, pero el cuerpo ya no le responde del todo.

Siente una puntada que le cruza la cintura baja como una descarga eléctrica. Se agarra la panza con ambas manos. El agua tibia le moja las piernas.

—Rompí bolsa —dice, casi con asombro, mirando al policía que tiene enfrente como si le hablara al mismísimo destino. Luego se deja caer, despacio, como si su cuerpo recordara el gesto de rendirse.

COMO SI EL CUCHILLO YA SUPIERA SU OFICIO

No tiene plata ni para el colectivo, pero le da igual. Camina con las zapatillas desatadas y una medialuna en el estómago desde la mañana. Ni se acuerda qué tomó. Algo claro, algo fuerte, algo dulce, algo feo. La panza le suena y la cabeza le late como si le soplaran un tambor adentro. No busca nada. O sí, pero no sabe qué. Le gusta caminar de noche cuando nadie jode, cuando el ruido no lo persigue. Se siente más liviano, más solo.

La calle está vacía. Ve un tipo a unas cuadras y piensa: si ese chabón está ahí, es porque tiene algo. Lo mira desde lejos, vacila un poco, después se acerca, sin plan, sin palabras claras. Va a pedirle fuego. Va a pedirle que lo lleve a la estación. Va a preguntarle la hora. Va a sacarle el auto.

El chabón lo mira raro. Le pone las manos encima. Quiere agarrarle los hombros. Es como un disparador. Se le cruza todo. Piensa que lo va a empujar. Que le va a pegar. Que lo va a sacar cagando. Lo ve encima. Y reacciona como si todavía estuviera en otro barrio, en otra noche, con otro cuerpo encima.

Saca el cuchillo que ni sabía que tenía en la campera. Uno, dos, tres. Sin pensarlo. No siente el corte. Siente la sangre en los dedos. El otro se tambalea como si estuviera borracho también. Se mancha entero. Lo mira como si no entendiera. Y cae.

Le tiemblan las manos. Le cuesta sacar las llaves. Sube al auto con el corazón reventándole en el pecho. No se fija si lo mató. Ni lo toca. Lo esquiva con un salto torpe y se va. 

En las primeras dos cuadras piensa en dejar el auto. Después no piensa más. Maneja sin rumbo. Como si pudiera escaparle a lo que acaba de hacer.

GOTAS QUE GOLPEAN LA VENTANA

Dora está en la cocina, lavando los platos después de la cena. Afuera, las gotas golpean la ventana con un ritmo pausado; el viento mueve las ramas como un susurro.

La luz amarilla del pasillo dibuja su sombra alargada en la pared, un fantasma silencioso que la sigue.

Desde el sillón llega el murmullo del partido, lejano pero constante, un latido acompasado que a ella le gusta.

Se seca las manos con la toalla y se acerca para preguntarle qué quiere para comer. Él responde que cualquiera de sus platos estará bien.

Sus voces se entrelazan breves y claras, filtrándose entre el ruido de la lluvia.

Dora piensa en lo rápido que pasa el día, en lo poco que hablan, en lo mucho que se necesitan sin decirlo.

Por un instante, la vida parece quieta, sin dramas ni sorpresas, solo ellos dos y esa rutina que los sostiene.

Vuelve a la cocina, escucha el agua correr y siente que, por ahora, todo estará bien.

SILENCIO

David se sienta en el sillón, la tela gastada le marca las rodillas. El partido murmura en la tele, pero él no lo escucha.

En el borde de la mesa, un vaso con restos de cerveza. El líquido quieto, marrón y opaco, como sus pensamientos.

Ella está en la cocina, moviendo los platos. A veces, la luz le atraviesa la espalda y dibuja sombras alargadas en la pared.

David aprieta los puños con tanta fuerza que los nudillos se ponen blancos. Las palabras que quiere decir están atrapadas entre esos dedos.

En el televisor, el grito de un gol llena la habitación. Él no cambia la expresión. No hay festejo, no hay alegría.

Siente el peso del día encima, como el silencio después de una tormenta.

Piensa en la carta que recibió hace dos días, el sobre arrugado en el bolsillo del pantalón. La palabra “despedido” en tinta negra y seca.

Se le hace un nudo en la garganta al recordar la edad que tiene. Cincuenta y nueve años. Demasiado viejo para conseguir otro trabajo. La jubilación, tan cerca, tan lejana a la vez. La plata que queda, contada y apretada, que en un par de meses se acaba.

La lluvia afuera se convierte en un susurro, un lamento que no puede ignorar. David mira la luz amarilla que entra por la ventana, se parece a ese trabajo que ya no está, una luz que se apaga lentamente.

Querría decirlo. Pero el silencio es un muro. Y él está sentado del otro lado, atrapado.

Ella sigue en la cocina. Él vuelve a respirar, lento, como quien sostiene la respiración para no hundirse.

El vaso en la mesa, el partido en la tele, la lluvia en la ventana.

Y el silencio que pesa más que todo.

LOTO QUE SE QUIEBRA

Bajo la luz fría y pálida de la luna, Ren observa el loto abierto en la orilla del lago. La flor brilla con un resplandor casi sobrenatural, como si guardara un misterio antiguo y prohibido.

—Perdóname, Kazumi —dice Ren con voz quebrada, arrancando el loto con cuidado y extendiéndoselo a la mujer.

Ella lo mira con ojos fríos, sin parpadear ni suavizar el gesto.

—No te disculpo un carajo —responde Kazumi con dureza, su voz cortante como un cuchillo.

Sin más, lanza el cadáver marchito del loto al agua oscura. El golpe del loto contra el lago es seco, rompe la calma.

De repente, el agua se agita violentamente y un sonido profundo, húmedo, estalla en la noche. Algo emerge lentamente de las profundidades: una masa oscura, informe, cubierta de barro, raíces y algas podridas. Sus ojos, pozos sin fondo, arden con una luz fría y siniestra que parece atravesar la oscuridad misma.

Ren siente un escalofrío que le recorre la columna vertebral, un miedo primitivo que le grita que está ante una fuerza que no puede comprender ni controlar.

La criatura del lago avanza con paso lento pero firme, y un rugido que retumba como un trueno resuena en el silencio nocturno, helando la sangre en las venas de Ren.

Con el corazón latiendo a mil por hora, Ren se da cuenta de que debe actuar rápido para salvarse.